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“Mirar
el mundo a través de los ojos de las mujeres no es sólo
una cuestión de justicia o de derechos humanos, sino también
el camino para promover la paz”. Angela King
"Tenía 10 años cuando mi abuela
me dijo que me llevaba al río para realizar una ceremonia
de iniciación. Insistió en que cuando terminara me darían
muy bien de comer. Yo era muy pequeña y no tenía ni idea
de lo que iba a pasarme. Cuando llegué a aquel lugar escondido
entre unos matorrales, junto al río, fui desvestida. Me
taparon los ojos y me quitaron la ropa completamente.
Fui obligada a tumbarme. Cuatro mujeres sujetaban mis
extremidades, mientras otra se sentaba en mi pecho para
evitar que me moviera. Me colocaron un trozo de tela en
la boca, y entonces... me cortaron. El dolor era insoportable.
Como me resistía e intentaba levantarme, perdí mucha sangre.
Por supuesto, no me dieron ningún tipo de anestesia ni
calmante para el dolor. La operación me produjo una hemorragia
que me provocó una fuerte anemia. Durante mucho tiempo,
cada vez que orinaba me dolía. A veces trataba de aguantar
las ganas, por el miedo que me producía el dolor. Sufrí
también infecciones vaginales. El corte me lo hicieron
con una simple navaja".
Este es el testimonio de Hannah Koroma, una mujer
de Sierra Leona que sufrió en sus propias carnes una práctica
todavía habitual en muchos países de África: la mutilación
genital femenina[1].
Cuatro niñas son mutiladas cada minuto en el
mundo [2]. La mutilación
Genital femenina (MGF) es quizás una de las violaciones
sistemáticas más extendidas de los derechos humanos basadas
en el género, que pretenden controlar la sexualidad de la
mujer y mermar su autonomía.
El tipo de mutilación, la edad y la manera en
que se practica la MGF varían según el grupo étnico, el
país, el carácter rural o urbano del área y el origen socioeconómico.
La forma más severa de mutilación genital es la infibulación,
también denominada "circuncisión faraónica": el procedimiento
incluye la “clitoridectomía” (extirpación total o parcial
del clítoris), la “excisión” (extirpación de la totalidad
o parte de los labios menores) y la “ablación” de los labios
mayores para crear superficies en carne viva que después
se cosen o se mantienen unidas con el fin de que, al cicatrizar,
tapen la vagina. El procedimiento menos extremo consiste
en la “ablación del prepucio del clítoris”. El 15% de las
mutilaciones genitales que se practican en África son infibulaciones,
el resto son clitoridectomías o excisiones.
Generalmente la MGF se lleva a cabo entre los
cuatro y lo ocho años, aunque, según la Organización Mundial
de la Salud, la media de edad está descendiendo, lo que
indica que la práctica está cada vez menos asociada con
la iniciación a la edad adulta.
Aunque algunas niñas sufren la mutilación individualmente,
normalmente se practica en grupo, especialmente allí donde
forma parte de una ceremonia de iniciación. En otros lugares
se realiza en grupos de hermanas o parientes o grupos de
vecinas.
La persona que realiza la mutilación puede ser
una anciana, una partera, una curandera, un barbero, una
comadrona,...
Lo más frecuente es que no se tome ninguna medida
para reducir el dolor. La mutilación se lleva a cabo utilizando
un cristal roto, la tapa de una lata, unas tijeras, la hoja
de una navaja u otro instrumento cortante.
La mutilación genital femenina puede provocar
y provoca la muerte, pero no sólo eso. Cuando se lleva a
cabo produce dolor, conmoción, hemorragias y daños en los
órganos que rodean el clítoris y los labios. La utilización
del mismo instrumental con muchas niñas puede propagar el
VIH. Posteriormente puede provocar retención de orina, hemorragias
intermitentes, pequeños tumores del nervio que provocan
un intenso dolor. A largo plazo puede ser la causa de infecciones
graves y crónicas en el tracto urinario, piedras en la vejiga
y uretra, trastornos renales, infecciones del tracto genital
por la obstrucción del flujo menstrual, infecciones en la
pelvis, infertilidad, tejido cicatrizal excesivo y quistes
dermoides. El primer acto sexual sólo puede realizarse tras
la dilatación gradual y dolorosa de la abertura que ha quedado
tras la mutilación, convirtiéndola en una experiencia extremadamente
dolorosa y peligrosa. En algunos casos es necesario practicar
una incisión previa. En el parto, la cicatriz que ha quedado
puede desgarrarse. A las mujeres que han sufrido infibulación
es necesario practicarles un corte para permitir la salida
del bebé, pues no disponen apenas de abertura. Tras el alumbramiento,
a menudo les vuelven a practicar la infibulación.
A nivel psicológico, la MGF puede ir acompañada
de efectos como sentimientos de ansiedad, terror, humillación
y traición. La conmoción y el trauma causado por la operación
puede contribuir a desarrollar un comportamiento dócil,
considerado positivo en las sociedades que la practican.
Es posible que una mujer que no se someta a la MGF sufra
problemas psicológicos a causa del rechazo social.
Las razones más esgrimidas para justificar esta
práctica son la costumbre, la tradición y la religión: la
práctica define quién pertenece al grupo. A menudo, la MGF
se estima necesaria para que una niña sea plenamente considerada
como mujer y la práctica marca la diferenciación de sexos
y de papeles en la vida y en el matrimonio. Se cree que
incrementa la feminidad, sinónimo de docilidad y obediencia.
El control de la sexualidad y de las funciones reproductivas
de la mujer es otra de las causas de la MGF. Existe la creencia
de que mitiga el deseo sexual de la mujer y, por tanto,
reduce las posibilidades de infidelidad. En muchas sociedades
es muy difícil, si no imposible, que una mujer se case si
no se ha sometido a la mutilación. De ésta depende el honor
de toda la familia. Curiosamente la higiene y la limpieza
son otras de las razones que se invocan para justificar
la MGF: así los términos populares para referirse a la mutilación
son sinónimos de purificación o limpieza, incluso en algunas
sociedades a las mujeres no mutiladas se las considera poco
limpias y no se les deja manipular el agua. Otras creencias
mantienen que los genitales femeninos son feos y voluminosos,
que pueden crecer y resultarle incómodos colgando, que el
clítoris es peligroso y puede provocar la muerte del hombre,
si tiene contacto con su pene, o del bebé si lo roza durante
el alumbramiento. En algunas sociedades se cree que aumenta
la fertilidad o que hace el parto más seguro.
Aunque la práctica de la MGF es anterior al Islam,
ha adquirido una dimensión religiosa, invocada en aquellos
países musulmanes que la practican. Los líderes islámicos
no se muestran unánimes al respecto. El Corán no contiene
ningún llamamiento en favor de la mutilación, pero algunos
proverbios atribuidos a Mahoma cuentan que, preguntado por
la mutilación, el profeta contestó “Reduce pero no
destruyas”.
Hoy en día, son numerosas las normas internacionales
que instan o exigen a los gobiernos a erradicar la MGF:
desde la Declaración Universal de Derechos Humanos, la Convención
de la ONU sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación
contra la Mujer (1981), o sobre la Eliminación de la Violencia
contra la Mujer (1993), la Declaración y Plataforma de Acción
de Pekín (1995), la Convención de la ONU sobre los Derechos
del Niño, etc. Sin embargo, 135 millones de niñas han sido
mutiladas hasta ahora y dos millones más se añaden cada
año a esta cifra (unas 6.000 al día). En cuanto a la distribución
geográfica de todos los continentes donde se practica, África
resulta el más afectado y concretamente Somalia, representa
el país con mayor porcentaje a nivel mundial de mujeres
y niñas que sufren la mutilación genital (98%).
1. Pérez
de las Heras, M. La ablación. OeNeGe (http://perso.wanadoo.es/avgar/ablacion.htm)
2. Amnistía
Internacional. La mutilación genital femenina y derechos
humanos. En (http://www.a-i.es/infos/mgf/default.shtm)
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