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NO SON ULISES
Ulises quería volver. En efecto, Ítaca estaba siempre en su mente y en su corazón.
Pero ¿cómo querer volver a un lugar en donde la segunda mujer de tu padre ha querido matarte desde que eras pequeña, a una casa en la que has sido la Cenicienta desde que ella llegó, asignándote las tareas más penosas, siendo cruel y mezquina contigo, alimentándote con los restos de los demás, todo por beneficiar a su propia hija?
¿Cómo regresar a un país en el que los Yanyawid
mataron a tus padres, humildes y pacíficos agricultores,
pusieron un arma en tus manos infantiles y te empujaron,
bajo amenazas, a compartir sus actividades asesinas: matar,
robar, violar…?
¿Cómo regresar una tierra en la
que, a pesar de haber dejado parientes, el caos y la
extorsión están a la orden del día, en donde el único futuro
que se vislumbra es, con toda probabilidad, la muerte, bien
por medios violentos o a causa de las carencias y el hambre?
Regresar a un país que vive…
¿qué guerra? La primera, la quinta, la guerra, simplemente.
Hay lugares en África en donde la guerra y la violencia han
sido y son el telón de fondo de la vida desde que a ellos
llegaron otros hombres con sed de explotación de otros
hombres, de la riqueza de su subsuelo, de su posición
estratégica: árabes, portugueses, ingleses, franceses,
belgas, alemanes, españoles… y que continúa en guerra
aunque, aparentemente, los explotadores se fueran hace mucho
tiempo.
Hay lugares, muchos lugares, en
África en donde nunca ha habido tiempo de terminar una pieza
de tejido en el telar porque Penélope ha sido salvajemente
violada, sus hijos devorados o asesinados a machetazos, su
casa quemada, sus escasos bienes repartidos como botín.
Por todo eso, Ulises no sueña
con regresar, sino con conocer aquello que apenas conoce de
referencias: la paz estable, la ausencia de la amenaza
constante sobre su vida, un lugar en el que trabajar y
prosperar, la vida junto a seres humanos de los que no
recelar y a los que no temer, una tierra en la que formar
una familia y en la que sus hijos puedan ir a la escuela, un
lugar en el que si enferma pueda recibir cuidados de unas
manos amables y cualificadas, en un entorno bien provisto y
adecuado, en definitiva, la esperanza de una vida mejor y un
futuro en paz.
Teresa
Robledo
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