INDIGNACIÓN


Causan indignación y hasta algo de cabreo las noticias que estamos oyendo estos días relacionadas con la inmigración, y sin embargo ni son novedosas, ni desgraciadamente van a dejar de darse en el futuro, aunque sea con menos notoriedad.

Me refiero a las detenciones abusivas de inmigrantes irregulares y la incoación indiscriminada de expedientes de expulsión, incluso a las puertas de los colegios, incluso a la puerta del centro que Karibu tiene en Canillejas para impartir clases de español.

Me refiero también a los abusos psíquicos y físicos que sufren los extranjeros en los centros de internamiento, esos agujeros negros de la sociedad, donde hay menos derechos que en la cárcel, a pesar de que los que están allí internados no son delincuentes.

Me refiero a los inmigrantes presos, estos sí como delincuentes, por haber tenido la osadía de vender unos pocos discos en sus mantas, que no comprenden como puede ser un delito una actividad honrada como es el comercio, y que no saben que hurtando su comida en un supermercado habrían obtenido condenas inferiores.

Me refiero a esos menores de nacionalidad española que son rechazados en la frontera (aeropuerto de Barajas, según denuncia el defensor del pueblo), porque sus progenitores carecen de visado para entrar en España, o bien se les da la opción de entrar ellos solos y apañárselas como puedan, aunque sean todavía lactantes.

Me refiero a los miles de extranjeros que ahora en paro ven como no van a poder pagar esas hipotecas que les prometieron y casi regalaron como un oro falso los bancos e intermediarios inmobiliarios cuando todo era jauja en el mundo de las finanzas, y que van a perder sus casas y sus ahorros.

Y me refiero, cómo no, a todos los muertos en nuestras puertas, los últimos ahogados a pocos metros de la costa hace unos días.

Leía el otro día una columna que denunciaba la intención de la Unión Europea de criminalizar la asistencia a los extranjeros sin papeles. Y si no pueden ir a Karibu y a otras ONGs, parroquias, etc. ¿dónde van a ir? ¿Acabaremos en la cárcel también nosotros?

Leo hoy en el periódico lo que no deja de ser una anécdota excepto para el interesado: la detención más bien violenta de un reputado profesor canadiense por la Guardia Civil en el aeropuerto de Barajas, que había sido invitado en un programa de investigación de una agencia dependiente de la Comunidad de Madrid. Su delito, ser negro. Fue tirado al suelo y esposado, y permaneció en un cuarto aislado durante una hora hasta que se comprobó su identidad, pero ya había perdido su avión, y las ganas de volver a España: ha renunciado a su trabajo, y nosotros perdemos a un investigador de prestigio.

Y mientras nuestra Administración cumpliendo las leyes de forma tan absurda, aunque legal, que impide en un verdadero fraude de derecho que se puedan cumplir las finalidades para las que fueron creadas instituciones como el arraigo. Éste, que es la última esperanza para quien después de tres años de ilegalidad quiere regularizarse, conseguir los papeles para trabajar con dignidad, se vuelve imposible cuando se inadmiten a trámite las solicitudes de quienes tienen decretada una expulsión. Por mucho que el único motivo de la expulsión sea la estancia irregular, por mucho que reúnan todos los requisitos para acceder al arraigo, el único modo de dejar esa estancia irregular. Y lo malo es que no podemos quejarnos muy fuerte, porque es legal, y porque todavía hay algunas delegaciones donde contra la literalidad de la norma, se revocan de oficio esas órdenes de expulsión (como en buena lógica debiera ser), no vaya a ser que dejen de hacerlo si se descubren sus prácticas "ilegales".

Y yo me pregunto, y me lo preguntan muchos africanos cuando hablo con ellos en Karibu y les explico las dificultades: ¿qué va a ser de ellos si se cierran todas las puertas a su legalización? Una vez dije en broma, para provocar, que casi mejor sería tirarlos al mar, que dejarlos en el limbo de la ilegalidad sin fin. A este paso, cualquiera sabe. Pero volver, nunca, allá en África todavía se está peor, me decía el pasado lunes un chaval al que ya le habían denegado dos veces el arraigo.

 

Miguel Martínez

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